Figuritas de papel.
Sunday, 27 de July de 2008 por Oscar
Aurora era muy pequeña cuando le dio forma a su primera figurita con papel, aprendió a hacer papiroflexia leyendo en un libro que sus padres le regalaron en su séptimo cumpleaños. Poco a poco, con mucho esfuerzo fue adquiriendo más práctica, y de manera autodidacta, con el paso del tiempo se convirtió en toda una experta, llenando cada rincón de su vida, con preciosas representaciones de lo que ella consideraba su realidad mágica. Pero con la madurez y la impuesta responsabilidad adulta, fue dejando de lado su afición, y tras su boda con el que ella creyó en su momento el hombre de su vida, abandono con tristeza en el oscuro y húmedo sótano de su casa, varias cajas repletas con cientos de fantasías, para caer en la rutina de una vida sin alicientes.
Como cada mañana, Aurora se levantaba a las cinco. Como cada mañana le preparaba el desayuno y la comida del día a su marido, un marido que por cierto hacía mucho, mucho tiempo que no la decía cosas bonitas, ni la acariciaba con ternura, ni la hacía regalos por su cumpleaños. Como cada mañana, ella se vestía con la fea ropa que era capaz de comprar con su humilde sueldo, y como cada mañana salía de su casa en aquel pequeño pueblo en el campo rumbo al trabajo. Un anticuado autobús sin calefacción, conducido por un simpático viejecito llamado Ramón, la transportaba varios quilómetros hasta su rutina dura y mecánica de fábrica, que desde hacía más de 20 años la tenia ocupada once horas por jornada, junto a personas con las que prácticamente no cruzaba palabra. Todo era igual todas las mañanas, siempre, siempre, incluso el apagado rostro de Benjamín tras una ventana de la casa contigua.
Benjamín, era un niño de seis años que ya no creía en los cuentos. Triste y solitario, a pesar de su corta edad ya conocía la realidad de lo injusta que podía ser la vida. Desde que nació, una terrible enfermedad hacía imposible que sus débiles piernas soportaran el peso de su cuerpo, un cuerpo apenas sin defensas, hecho que le hacía vulnerable a prácticamente cualquier ataque microscópico del exterior, por lo que lo único que podía hacer era observar por la ventana de su cuarto a través de unos pequeños prismáticos, como los pájaros surcaban libres el cielo. Se había convertido en un gran experto en la materia, pues aquella era su gran afición y su pequeña vida. Aurora siempre le saludaba al pasar junto a el, y este le devolvía el saludo esbozando una leve sonrisa.
Otro día igual, y otro, y otro más, la vida de Aurora se había convertido en una espiral sin emoción ni expectativas. Otro día más, y otro, levantándose preparando el desayuno, saludando con un gesto amable a un hombre que solo la gruñía, sol tras sol, luna tras luna.
Hasta que algo cambio inesperadamente. Todo en la madrugada empezó igual que siempre, el ritual de todos los días, el frio al abandonar la cama en contraste con el calor de los fogones, el olor a café recién hecho, el roce de ropa áspera de mercadillo. La helada de la mañana golpeando el rostro de la mujer al salir al exterior, el sonido del viento agitando la copa de los arboles. Todo excepto la flor que por sorpresa apareció clavada por su tallo en el deteriorado buzón de madera situado a la entrada de la casa.
-Una Rosa roja-, pensó Aurora mientras pasaba de largo rumbo a su quehacer diario, -alguien la habrá colocado aquí por error- volvió a repetirse para sus adentros, mientras observaba que la planta tenía una notita anudada a una de sus pequeñas ramas. No era una equivocación, en la tarjetita ponía su nombre “Aurora” escrita con preciosa caligrafía. Sorprendida no se podía creer quien le había podido dejar aquel ilusionante regalo, no se explicaba que a aquellas alturas tuviera un admirador secreto.
Sin darle más importancia, pero crecida en su maltrecho orgullo, ella cogió con extremo cuidado el regalo, y ocultándolo a los ojos de su marido para no provocar ningún incidente desagradable, Saludo a Benjamín con una radiante sonrisa y se encamino al bus para iniciar su jornada laboral.
Pero aquello no había hecho más que empezar, a partir de ese momento, cada mañana, siempre había una flor y una tarjeta a la entrada de su morada. Rosas de todos los colores conocidos, tulipán, orquídea, margarita, Jazmín, Girasol, Lila, Lirio, Azucena, cada vez una ilusión preciosa de la que ella en ocasiones jamás había visto u oído hablar, pero siempre con aromas y colores maravillosos, acompañadas sin excepción de la tarjeta de rigor, resaltando que aquel presente inequívocamente era para ella. Aurora siempre en secreto y cada vez mas animosa y resplandeciente, recogía cada mañana la flor y la ocultaba emocionada sintiendo en su interior una alegría de vivir y una juventud antaño olvidadas.
Pero la curiosidad comenzaba a ser muy fuerte, llegando irremediablemente el momento de saber quién era la persona que la hacía tan feliz, que la hacía levantarse cantando, que la había devuelto el brillo en la mirada, que la había hecho recuperar su preciosa afición por la papiroflexia, que ahora en todo su esplendor, volvía a darle luz y magia a todos y cada uno de los rincones de su casa, (a pesar de los gruñidos y maldiciones de su estúpido marido, que repetía una y otra vez tratando de humillarla que aquello era una afición inútil). Había llegado el momento de descubrir quién era su admirador secreto, a si es que un día escogido sin premeditación, al azar, Aurora se levanto de la cama a media noche con mucho cuidado para no despertar al hombre que roncaba ensordecedor a su lado, se vistió y se oculto frente a la casa muy quieta esperando descubrir a su benefactor.
Y la sorpresa llegó, pasados unos minutos de las tres, una figura apareció calle arriba con paso lento, paso renqueante, el paso de alguien que hace años había dejado atrás la juventud. Al principio la mujer no lo reconoció, pero al llegar a la altura de la casa, y gracias a la antigua farola que inexplicablemente siempre funciono a la perfección, se dio cuenta con perplejidad de quién era aquel hombre, el misterio se acababa de resolver, era el viejo Ramón, el conductor del autobús que cada mañana la llevaba al trabajo y cada noche la devolvía a su morada. Un anciano de apariencia siempre feliz, un anciano que la animaba con sus historias y que la escuchaba con atención desde hacía más de veinte años, alguien que sin que ella se diera cuenta y muy poco a poco, se había convertido en la persona que mas la conocía del mundo, probablemente el único ser sobre la tierra que no solo la oía, sino que también la escuchaba. El hombre sin dudar ni un instante, mirando a su alrededor cautelosamente, visiblemente preocupado por no ser descubierto, extrajo una nueva flor de su viejo zurrón de cuero, y la clavo en el descascarillado buzón, volviendo después rápido sobre sus pasos.
Aurora desconcertada decidió seguir al anciano hasta su casa, y una vez allí, observo como en el porche le aguardaba su mujer, Ana, la persona maravillosa de la que Ramón, siempre enamorado, tantas y tantas veces le había hablado, una viejecita de pelo blanco y mirada cristalina. Ambos, cogidos de la mano no entraron por la puerta principal, sino que rodearon la casa desapareciendo por la parte trasera de la vivienda. La curiosidad era ya demasiado fuerte para abandonar, a si es que a una distancia prudencial y con paso sigiloso pero firme, siguió el camino trazado por la pareja de ancianos hasta llegar a lo que parecía un coqueto pero rudimentario invernadero. Allí, vislumbro emocionada, a través de los plásticos blancos y gracias a la luz interior que desprendía el habitáculo, a la pareja, cogidos de la mano sonrientes y aparentemente orgullosos, frente a cientos y cientos de flores de todos los tamaños y colores, sin duda, un precioso lugar.
Es entonces cuando Aurora lo comprendió todo. Aquellas flores, allí plantadas, no tenían ninguna utilidad para aquellas personas, eran bonitas sí, pero no servían para nada si tan solo las disfrutaban ellos. Por el contrario si le daban salida a algo tan aparentemente insignificante pero hermoso, si las compartían desinteresadamente y sin egoísmos, si se las entregaban a alguien que realmente la necesitara, entonces cobrarían el verdadero sentido de su existencia. Entonces serian, además de hermosas, verdaderamente útiles, sería posible hacer recobrar la ilusión, la chispa de un corazón, salvando una existencia importante del fracaso y la desdicha.
Durante mucho tiempo, Aurora siguió recibiendo su regalo matinal, continuo embarcando en aquel anticuado autobús y continuo charlando con Ramón compartiendo con el su vida y experiencias sin descubrirle jamás que era conocedora de su pequeña gran acción. Siguió viviendo la vida con ilusión y esperanza junto a su amigo de confidencias. Su jardín que siempre había sido un desastre sin vida, se lleno de preciosas plantas que crecieron sin parar hasta rodear la casa y convertirse en la envidia del resto del pueblo, un verdadero edén.
Irremediablemente, aprendemos a valorar los momentos alegres al contrastarlos con los tristes, no existiría la luz sin la oscuridad. Llego la penosa hora de que aquel hombre maravilloso y su hermosa compañera, como las flores que había estado cuidando y regalando durante años, empezaran a marchitarse sin remedio debido al inexorable paso del tiempo, y llegado el momento, la belleza que tanta alegría había proporcionado en vida, comenzó a extinguirse hasta morir con la digna serenidad y la tranquilidad de los que solo procuraron hacer lo correcto durante su existencia.
Como cada mañana Benjamín se despertó muy temprano, como cada mañana con gran esfuerzo se incorporo y ayudado por su madre se vistió, se sentó en su silla de ruedas, se lavo la cara, desayuno y se fue de nuevo a su habitación portando los viejos prismáticos de siempre, en realidad, sin esperar nada nuevo de aquel frio día de invierno. Pero algo sí que había cambiado, si que había algo nuevo, no era como todos los días. En el alfeizar de la ventana, alguien le había dejado un regalo, un precioso pájaro hecho de papel acompañado de una nota con su nombre. Un regalo que se repetiría en mil formas, tamaños y colores, a partir de aquel momento y de forma anónima durante muchos, muchos años en su vida. Haciéndole recobrar una ilusión, que hacía mucho tiempo había olvidado.
